En un relato de Kafka que viene a resumir el argumento de la novela El castillo, el protagonista, al preguntar a un policía por una calle de una ciudad desconocida, sólo obtenía como respuesta este consejo/amenaza: Renuncia, renuncia.
Los burócratas, los jefes de sección, los directores de instituto, los jefes de redacción, los capataces, los estadísticos, los jefes y subjefes de personal, los secretarios particulares o generales y, en conjunto, todos los mediocres de la cadena imtermediadora, tienen esa expresión por consigna.
Cuando uno de ellos asciende desde la plebe al mando delegado, el actor del poder (que, junto a sus consejeros, ha pasado antes por los mismos despachos/parapetos) le resume el temario del concurso-oposición en un sólo concepto: La palabra clave es renuncia, y sirve para todas las pretensiones de los súbditos. Después, el jerarca de recursos humanos abre el registro y sella el nuevo salario en la casilla correspondiente.
A partir de ese día, al ser preguntado, el nuevo interceptor responderá con silencios, ambigüedades y frases de desaliento, y después dará la espalda a los interrogantes igual que el policía de Kafka, es decir: como las gentes que quieren quedarse a solas con su risa.

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